Era Navidad del 25.
Esteban estaba sentado en el salón, todavía con el jersey de renos que le picaba hasta el alma. A su lado, el abuelo Ezequiel —94 años, pulmones de acero inoxidable, fumando Marlboro como quien respira y bebiendo pacharán como si fuera agua del grifo— miraba la tele sin mirarla, con ese gesto de quien ya ha visto demasiadas cosas como para sorprenderse por algo.
Cuando terminaron los créditos de El Hoyo 2, Esteban apagó el televisor.
Se giró hacia él, con esa mezcla de curiosidad y miedo a que el abuelo le soltara una de sus verdades que duelen.
—Abuelo… tú… ¿qué opinas de esta película?
Ezequiel soltó el humo despacio, como si estuviera pensando en voz alta.
—¿Qué opino? —dijo—. Que vivimos ahí dentro, chaval. Solo que aquí lo llamamos “sociedad moderna” y nos quedamos tan anchos.
Esteban frunció el ceño.
—Pero… si todos siguieran las normas, habría comida para todos, ¿no?
El abuelo soltó una carcajada ronca.
—Ay, criatura… eso mismo dicen los de arriba. “Si todos hicieran lo que toca, todo iría bien”. Pero luego se ponen ellos primeros en la plataforma, se sirven tres veces, tiran lo que no quieren y encima te venden las sobras como si te estuvieran haciendo un favor. ¿Te suena? Too Good To Go, lo llaman ahora. Antes lo llamábamos “apañarse con lo que queda”.
Esteban se quedó callado.
El abuelo siguió, ya embalado:
—El sistema no quiere que seas bueno. Quiere que tengas miedo. Que no confíes en nadie. Que pienses que si tú no coges más, otro te lo quita. Igualito que en la película. Y mientras tanto, ellos arriba, tan tranquilos, sacando beneficio hasta de lo que tiran.
—Entonces… ¿estamos atrapados? —preguntó Esteban, bajito.
Ezequiel apagó el cigarro, se sirvió otro pacharán y le dio un golpecito en la rodilla.
—Atrapados del todo no. Mira, tú ya estás pensando. Ya estás viendo las costuras. Eso es lo que el sistema no quiere. La mayoría ni se lo plantea. Ven la peli, cambian de canal y a otra cosa. Tú no. Tú preguntas. Tú dudas. Tú ves que algo no encaja.
—Pero sigo viviendo dentro —dijo Esteban.
—Claro, hijo. ¿Y qué? No hace falta irse al monte a criar cabras. Basta con no comportarse como si no hubiera alternativa. Con no ser egoísta. Con pensar un poco en los demás. Con no tragarte la historia de que “esto es lo normal”. Normal mis narices. Es lo habitual, que no es lo mismo.
Esteban sonrió.
El abuelo también, aunque disimulando.
—¿Sabes qué pasa? —añadió Ezequiel—. Que el sistema no cambia porque lo deseemos. Cambia cuando dejamos de actuar como si no hubiera otra forma de vivir. Y tú ya has empezado. Con eso basta por hoy. Mañana seguimos rompiendo cosas desde dentro
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