viernes, 26 de diciembre de 2025

El hoyo.

 Era Navidad del 25.  

Esteban estaba sentado en el salón, todavía con el jersey de renos que le picaba hasta el alma. A su lado, el abuelo Ezequiel —94 años, pulmones de acero inoxidable, fumando Marlboro como quien respira y bebiendo pacharán como si fuera agua del grifo— miraba la tele sin mirarla, con ese gesto de quien ya ha visto demasiadas cosas como para sorprenderse por algo.


Cuando terminaron los créditos de El Hoyo 2, Esteban apagó el televisor.  

Se giró hacia él, con esa mezcla de curiosidad y miedo a que el abuelo le soltara una de sus verdades que duelen.


—Abuelo… tú… ¿qué opinas de esta película?


Ezequiel soltó el humo despacio, como si estuviera pensando en voz alta.


—¿Qué opino? —dijo—. Que vivimos ahí dentro, chaval. Solo que aquí lo llamamos “sociedad moderna” y nos quedamos tan anchos.


Esteban frunció el ceño.


—Pero… si todos siguieran las normas, habría comida para todos, ¿no?


El abuelo soltó una carcajada ronca.


—Ay, criatura… eso mismo dicen los de arriba. “Si todos hicieran lo que toca, todo iría bien”. Pero luego se ponen ellos primeros en la plataforma, se sirven tres veces, tiran lo que no quieren y encima te venden las sobras como si te estuvieran haciendo un favor. ¿Te suena? Too Good To Go, lo llaman ahora. Antes lo llamábamos “apañarse con lo que queda”.


Esteban se quedó callado.  

El abuelo siguió, ya embalado:


—El sistema no quiere que seas bueno. Quiere que tengas miedo. Que no confíes en nadie. Que pienses que si tú no coges más, otro te lo quita. Igualito que en la película. Y mientras tanto, ellos arriba, tan tranquilos, sacando beneficio hasta de lo que tiran.


—Entonces… ¿estamos atrapados? —preguntó Esteban, bajito.


Ezequiel apagó el cigarro, se sirvió otro pacharán y le dio un golpecito en la rodilla.


—Atrapados del todo no. Mira, tú ya estás pensando. Ya estás viendo las costuras. Eso es lo que el sistema no quiere. La mayoría ni se lo plantea. Ven la peli, cambian de canal y a otra cosa. Tú no. Tú preguntas. Tú dudas. Tú ves que algo no encaja.


—Pero sigo viviendo dentro —dijo Esteban.


—Claro, hijo. ¿Y qué? No hace falta irse al monte a criar cabras. Basta con no comportarse como si no hubiera alternativa. Con no ser egoísta. Con pensar un poco en los demás. Con no tragarte la historia de que “esto es lo normal”. Normal mis narices. Es lo habitual, que no es lo mismo.


Esteban sonrió.  

El abuelo también, aunque disimulando.


—¿Sabes qué pasa? —añadió Ezequiel—. Que el sistema no cambia porque lo deseemos. Cambia cuando dejamos de actuar como si no hubiera otra forma de vivir. Y tú ya has empezado. Con eso basta por hoy. Mañana seguimos rompiendo cosas desde dentro

domingo, 2 de febrero de 2025

Nuestra partida... la vida.

 

Una buena partida es un mate

    y... 

quinientas jugadas previas para llegar a él. 





En la vida, como en el ajedrez, el objetivo no consiste en llegar y dar el mate.
Esas partidas son insulsas, sin aprendizajes, sin emociones, carentes de enseñanzas para el futuro, que nos inviten a la reflexión, a saborear el proceso...

La vida, como en una buena partida, se torna atractiva cuando nos supone un reto que creemos alcanzable, no sin esfuerzo; y para ello, gran parte del tiempo no lo invertimos en el objetivo en sí, si no en prepararnos para alcanzar ese objetivo. 

- En el ajedrez... no es el mate... es prepara el tablero a través de la concatenación de jugadas para llegar al mate.

- En la escalada... no es la cadena... es el entreno previo, la visualización, la gestión del miedo, el conjunto de movimientos precisos, al límite del fallo, que te llevan a la cadena. 

- En la montaña... no es la cima... es la travesía, los paisajes, los caminos y sendas, las trepadas, los pensamientos, el esfuerzo continuado hasta la cima.

- En la vida... en tu vida... solo tú lo sabes. 



Piensalo. 


miércoles, 3 de julio de 2024

A pedir... Té

 

Sonreí.

Sabía lo difícil que podía resultar tan solo expresar esas analogías para ella.

Me encantaba como insinuaba las situaciones, dejando que cada cual hiciera sus interpretaciones e identificaciones con el momento vital que le acompañase.

Le puse la mano sobre la rodilla. Le cogí el filtro, el tabaco y los papeles, e hice que los perdiera… Tan solo le deje el fuego, por si necesitaba volver a prenderse a lo bonzo y resurgir de sus cenizas… una vez más.

-        Sé que tienes miedo. Yo también- dije mirando hacia dentro- Pero para volver a escribir a color hay que arriesgarse a sentirlo. Deja de escribir con el gris de tus cenizas pasadas.

·        Y…. atrévete

o   Una vez más…

§  A perder

§  Té.

-        Lo intento. – Dijo mientras se retiraba de la boca el filtro del cigarro que no se iba a fumar. – Igual que intento dejar de fumar. - Y sonrío mirándome (media sonrisa, siempre)- Te juro que intento adornar con bonitos trazos el folio en blanco de esta historia. Estética y emocional a partes iguales, que no sea tan solo una historia de Instagram, de perfecta forma y armonía, pero insulsa en el mentiroso contenido.

Intento que nuestra realidad sea la más pura verdad interior. Intento volver a vivir desde mis entrañas esta historia que se me presenta… Pero…

No lo consigo.

No sé si es el papel, que ya está tullido del paso del tiempo, de historias de mierda con finales abandonados.

O… quizás sea el bolígrafo, que se ha cansado de perder tinta para acabar diciendo nada.

O… simplemente… quizás ambos hayan estado mucho tiempo en desuso y necesitan “engrasarse” y… eso va despacio…

Oyes… ¿Por qué no vas a pedir… té?

martes, 28 de mayo de 2024

Imposibles conversaciones.

 

Me gustaría tener una conversación con el tiempo pasado. 

Me gustaría hablar con los recuerdos. Preguntarles que tal les va, saber de ellos. 
Me gustaría explicarles por qué me comporté del aquel modo y, escuchar, como sus frases les abren en canal mostrando el interior de su ser.
Sin callar.
Sin medir los gestos por miedo a las consecuencias. 

Me gustaría volver a esos últimos momentos del final, simplemente para cambiar las últimas replicas, las últimas acciones y, poder despedirme con un abrazo, una sonrisa y una única palabra:

GRACIAS. 


y subí al fitu... y no vi nada.
y lloré en silencio tu recuerdo... y me pregunté...
                                                                        ¿me recordará?





¿Confort?


 Declaro la guerra a la zona de Confort.


Tenemos que saltarla por encima, huirlas, enfrentarnos desnudas ante lo nuevo. 

HELADAS, EXPUESTAS, CON MIEDO.

Y poco a poco irnos vistiendo, con lo obtenido en el nuevo contexto. 

Volviendo a una templanza, a una confianza. 

Haciendo perfectos nuestros trajes en nuestro nuevo entorno. 

Ofreciendo nuestra mejor versión... o no.

Y cuando nuestro traje se vuelva barroco; 

sobrecargado de abalorios sin valor, que ya no aportan, que ya no importan.... 

haciendo que su nueva presencia pese sobre nuestros hombros...

Es el momento  de un nuevo cambio.

De contexto, de traje, de enfoque....

                                                        De progreso. 

Milana



¡Y comenzó su espectáculo de bailaora flamenca,
 con giros imposibles que parecían hacerla levitar,
las plumas revoloteando sobre su cabeza,
su cola impulsada hacía el cielo, 
sus uñas junto a su mirada. 
Una vuelta.
Y otra.
Y otra más.
En rauda rapidez dejándose caer!




Ahora...





 Mirada de vencedora...





En sus uñas, entre sus garras, su presa. 

Baja su cara, 

dispuesta a festejarse. 



¡AAAAY! Milana.... En tus bailares siempre caen....

Recuerdos del olvido




Andando por el cultivo que un día cuidaste
Trepando el ciruelo que un día podaste
Levantando el cartel ajado en el que pone:
"No pasar; esto es de alguien..."

Medía sonrisa,
Propiedad privada del olvido (me digo)
Y sigo...