Lo siento.
Y te avisé: "solo acompáñame si lo que quieres es
Lo siento.
Y me
miró con sus ojos verdes llenos de ilusión.
- Qué miedo, ¿no?
- Miedo...¿A qué?- pregunté mientras sonreía,
sin poder mirarle a los ojos, con la mirada gacha, mientras cerraba el gri-gri.
- Pues... miedo. Miedo a llevar tanto tiempo ilusionándome
con algo, luchando por algo, saboreando cada uno de los movimientos, de los
gestos y... ahora… Enfrentar la verdad. ¿Será cómo lo he ensayado? Miedo a caer... miedo a no conseguirlo,
o, lo que es peor, conseguirlo y que no sea como esperaba…
- No sabes cómo te entiendo. Yo también tengo
miedo, tengo miedo a proyectar ilusiones que acaben no cumpliéndose. Tengo
miedo a volver a fracasar, a volver a caer, a tener que reconstruir mi ego, de
nuevo, otra vez. Miedo a no ser suficiente… Pero… ¿Y qué? Y qué si me caigo, y
qué si no encadeno, y qué si no soy lo suficiente. Volveré a intentarlo. O no. Quizás no es que yo no sea lo suficiente para esta vía, quizás es que esta vía
no sea para mí. Pero, escucha (y aquí si me atreví a mirarle a los ojos) Quizás lo importante no sea la respuesta a esas
preguntas, quizás lo importante es todo lo que se siente mientras te vas
respondiendo a esas preguntas. En cada paso, en cada movimiento, en cada RES PI
RA CIÓN.
Y... encadenó.
Una y otra vez.
Una y otra vez.
Una y otra vez.
Repetiría:
Tiempos
Oportunidades
Décimas de segundos
Ocasiones.
Repeat.
Replay.
Rebobina, que no me ha dado tiempo y ya me estoy
despidiendo.
El partir, el marchar, el ir…
Y me reitero si digo que ese ir significa que has estado.
Me reitero y digo que si no sintiéramos que algo se nos
desgarra cada vez que nos vamos, seguramente, la sonrisa que en nuestra cara se
pinta al volver, no sería tan similar a la de un buzón de correos.
De los de antaño, de los que
tenían una apertura de casi medio metro.
Así nuestra sonrisa al volver.
Al volver a vernos. Al volver a juntarnos, sentirnos,
besarnos, abrazarnos, brindar y hablar sobre todo y, sobre absolutamente nada.
Y, curioso, cuando se comparte esa nada, parece que lo tienes todo. Un paseo.
Un silencio. Un banco al sol. Un cigarro “ah no, que ya no fumamos joder, que
aaassssco de vida” y nos reímos. De lo absurdo.
Me reitero, y te digo, que si cada carcajada (de esas, de
las nuestras, de las sinceras, de las que te desgarran el pecho, como si fueras
a soltar un esputo, de esas) me cuesta una lagrima, hoy por hoy, y en este
contexto, valorando… “pásame el pañuelo que sollozo mientras cierro”.
Y me voy.
Y, soy consciente que, si no fuera porque me tengo que ir,
no me gustaría tanto el volver.
Y, soy consciente, también, que si no me tuviera que ir…
desearía salir de aquí.
Me divierte.
Me divierte ver mi cambio. En este ensimismamiento
narcisista que todas las personas en algún momento tenemos. Este vivir para
dentro, repensando nuestra vida y paladeando lo vivido, intentándole estrujar
el último aprendizaje bajo la perspectiva actual.
Me divierte.
Me divierte ver como ya he andado por
determinados senderos y, que vuelvo a ellos, sin acordarme. Me divierte ver en
ellos mis pisadas, pasadas. Igual, pero cambiadas. Y me río. Antes desesperaría
ante tal olvido, pero hoy, me rio. Y ese cambio me enorgullece, a la vez que me
divierte.
Me divierte.
Me divierte el paso del tiempo, y como hoy me ha dicho un
amigo: "No sé por dónde andaré mañana. He pasado demasiado tiempo pensando cual
será mi próxima zancada, así que hoy disfruto de la pisada, y ya mañana, veré
la andada. Porque el futuro es hoy, y hoy fue ayer."
Así que… me divierte
mi presente.